NO SOMOS AMIGOS,
 SOMOS APIGOS

Para ser apigo, hace falta saber qué es un blemble y brindar por las g… No existe el carné de apigo: apigo se nace. Si no has nacido apigo, peor para ti. Los apigos tenemos varios secretos fundamentales, te contamos tres por ser tú. El más importante es que los apigos somos muy diferentes, y aún así en el grupo cabemos todos. Incluso Diego. Además, somos los únicos pamploneses del mundo que tenemos no un capotico sino tres: el de San Fermín, naturalmente, y los del Dorre y Christoph. Ah, a veces, también, el de Budimir. El tercer y último secreto confesable es que, siendo tan diferentes, todas las opiniones valen lo mismo. Todas, salvo las de Flo, que nos importan un pimiento, y las de los Goñi, nuestros amados líderes, que siempre prevalecen. Para ser apigo hay que quererse mucho.

¡QUÉ NERVIOSSS!

QUIÉNES SON LOS APIGOS

IN MEMORIAM

Julio César se atreve a decir en ‘Astérix en Bélgica’ que los belgasson el pueblo más valiente del mundo. Eso molesta sobremanera al jefe Abraracúrcix que, ni corto ni perezoso, se planta en el norte de la Galia para desdecir al romano. Cuando llega, se encuentra una escena familiar: los belgas se están dando un banquetazo en su aldea, seguramente no lejos de Eupen. Entre ellos, distinguimos uno rubio, de mejillas sonrosadas y mirada perspicaz. No es Gueusealámbix, el rudo jefe nerviano; ni Vancomolóquix, el glotón menapio; ni Maelencólix, mni Vandegórrix, ni Madambovárix… Se trata de Carnólix, el más listo de la clase: el Astérix belga.

Después de múltiples peripecias, Julio César dictamina al final del libro que belgas y galos son igual de valientes y estos celebran el empate como siempre: a la mesa y por todo lo alto. Goscinny falleció en 1979 sin haber terminado ‘Astérix en Bélgica’, que hacía el número 24 de la colección. También Christoph Carnol, Carnólix, el Astérix belga, ha fallecido este mes dejando muchas cosas sin terminar. Pero deja, sobre todo, una vida rica y una legión de gente que le quería.

Astuto e intrépido. Echado para delante. Racional y disfrutón. Valiente. Belgamente, o navarramente, como se explicará después: así ha vivido sus 54 años Christoph Carnol, entusiasta directivo de empresas industriales en Pamplona y en Alemania.

Eupen es una ciudad de unos 20.000 habitantes situada en la Bélgica valona, al pie de las Ardenas, a doce kilómetros de la frontera con Alemania. Capital de la minúscula comunidad germanófona del país, encrucijada de idiomas, culturas y países, allí nació y vivió su infancia el bueno de Christoph. Su padre, Erich, amante del tenis, trabajaba como encargado en distintas industrias de la zona; su madre, Marianne, estupenda cocinera, se encargó de la crianza de los tres hijos del matrimonio. Fallecería en 1997. Nuestro Astérix belga fue el único de los hermanos que decidió salir y buscar más amplios horizontes. Pero, antes de eso, estudió en el colegio Pater Damian, de gran tradición en la ciudad, y completó el grado en Administraciones de Empresas en la Haute Ecole Lucia de Brouckêre, en Bruselas.

Comienza aquí una larga trayectoria internacional que le lleva a adentrarse profesionalmente en el universo de la logística y a descubrir la importancia decisiva de la sostenibilidad, una de sus grandes pasiones, también la de su mujer, Paloma. Pero, también, a tratar de entender la diferencia, a buscar puentes, a no sentirse extranjero en los lugares donde le tocaba vivir. A disfrutarlos con toda el alma. Y, por ahí, a preocuparse por el futuro de España y de Europa, otra obsesión, y a reflexionar constantemente sobre los retos de la sociedad actual, mezclando exigencia y esperanza. Sin olvidar el reciclaje ni la formación permanentes, algo en lo que creía a pies juntillas y que inoculó a sus dos hijos mayores (Natascha, de 31 años, y Alex, de 28), de un matrimonio anterior, primero, y a Marie, la pequeña pamplonesa, después. Hasta el punto de que, entre 2017 y 2019, pasada ya la cincuentena, cursa un máster en Administración de Empresas en la Universidad de Coblenza.

Como Abraracúrcix y sus dos inseparables galos, aunque sin necesidad de tanto trompazo, Christoph Carnol desembarcó un día inopinadamente en Pamplona. 2001. No imaginaba entonces lo que le esperaba entre nosotros. Eso sí, nos conquistó en un abrir y cerrar de ojos. Valerosa, osadamente. Veamos…

Después de diez años en la sede de Schnellecke en Wolfsburg, recién divorciado, Carnol llega a nuestra ciudad como managing director de la firma para la península ibérica. Tiene el encargo de montar en Landaben la planta de la entonces llamada KWD (luego, SIP Logistics, finalmente Schnellecke España). Coincide y se hace amigo de Luis Goñi, arquitecto de la ingeniería Iturralde y Sagüés, que dirige la obra. Goñi se convierte de inmediato en su cicerone. ¡Y el belga le hace caso! Baja a jugar al fútbol al barro de Villava y no duda en sumarse por la noche a una cuadrilla inimitable. De la mano de estos y otros piezas, conoce a la pamplonesa Paloma Orte. Se casan en 2006. Marie nace en 2007. Se hace socio de Osasuna. Se convierte en habitual los viernes en Baluarte para escuchar a la Sinfónica. Y no importa que viaje sin descanso: los 6 de julio no falla. Nunca. Y todo, sin dejar de frecuentar a los apigos, esos “cabrgones”, como decía. Así, durante una década. ¿Era valiente sí o no?

Tras un breve paso por Geodis, en 2012 los Carnol-Orte deciden hacer las maletas. Es un hasta luego. Christoph ficha por Gonvarri, perteneciente al grupo Gestamp, y desde Dusseldorf ocupa los puestos de director general de la compañía para Europa Central, primero, y director comercial corporativo, después. Pero ahí no acaba la cosa: en 2019 es nombrado CEO de la Autoridad Portuaria del Rhin en Krefeld. Desde este verano (2021), la familia estaba instalada de vuelta en su casa de Gazólaz, a punto de iniciar otra nueva etapa. A nuestro Astérix belga le esperaba un puesto directivo en San Adrián…

En la foto de perfil de su LinkedIn, destaca un grupo de paracaidistas que desciende a gran velocidad, en formación circular, agarrados de la mano. No es caprichosa. Dice Carnol en esa red social: “Creo que las organizaciones solo son capaces de abrirse positivamente a nuevos retos si sus líderes están convencidos de ello y saben transmitir entusiasmo, pasión, tenacidad, dedicación y resiliencia al resto del equipo para conseguir objetivos comunes”. No es palabrería: insistía una y otra vez en ello.

Ordenado. Meticuloso. Conciliador, aunque inconformista. Enamorado de su trabajo. Políglota (hablaba con soltura alemán, inglés, francés, holandés y un maravilloso español a lo Robinsonbelga). Familiar. Deportista. Amante del mar y de los barcos. Y del vino. Y de una buena mesa. Viajero. Lector. Futbolero. Osasunista, sobre todo.

Es curioso, pero cuando uno tiene que escribir sobre un amigo que acaba de fallecer se da cuenta de que no sabe nada o muy poco de él. Y que entonces hay que rascar de aquí y de allí, a unos y a otras, para poder trenzar un perfil. Este desconocimiento esencial del cercano hubiera dado para una larga sobremesa en Gazteluleku. Ya no podrá ser, pero ni la injusta derrota de perder inexplicablemente a Christoph Carnol nos va a impedir celebrar hoy su vida y las de los que por el momento le sobrevivimos. Como le hubiera gustado a nuestro Astérix belga, el más navarro de los belgas, que tendrá, claro está, su columbario en la capilla de San Fermín. Sin pócimas mágicas, simplemente viviendo.

El 8 de noviembre de 2021, cuando asomó por primera vez el tumor cerebral que finalmente lo ha vencido, hacía apenas dos meses que Christoph Carnol el Astérix belga nos había dejado. En enero, confirmado el peor diagnóstico, nos citó en una terraza de Mutilva, cerca de su domicilio. Con un vino en la mano y la juerga de siempre. Advirtió: “Cuando escribáis el obituario, no digáis de mí que soy Obélix. Y soltó una tremenda una risotada. Christoph y él eran grandes amigos. Difícil no recurrir al paralelismo.

Alberto Dorremochea Labiano, el Dorre, era grandote y bonachón. Tan fuerte y tan protector de los suyos, que todos en el grupo creíamos que de pequeño se había caído en la marmita de Panorámix. Y que eso lo convertía en invencible: estando a nuestro lado, nada malo nos podía pasar. Durante este año largo de enfermedad, mal que le pese, ha sido puro Obélix. Decidió que iba a proteger del dolor a su familia y luchó sin quejas ni lamentos. Disfrutando como el disfrutón que era. Cuenta Patricia Pérez Mariscal, con la que se casó el 16 de octubre de 2004 en la capilla de San Fermín, que estos meses se han parecido tanto a una de Astérix y Obélix como a ‘La vida es bella’, la película de Roberto Benigni: “Alberto era Guido, yo era Dora, los chicos Giosuè y la enfermedad el campo de concentración. Nos hacía creer que todo era un juego, que todo estaba bien”. Obélix y Guido, Guido y Obélix: tanto monta que monta tanto. Aunque para mellizas, las que tenían Patricia y el Dorre, que casi se cae de culo cuando les anunciaron que venían dos. Carlota y Ane tienen hoy 14 años; Nicolás, el mayor, 17. Los tres son altísimos, como corresponde. A su manera, también ellos han caído en una marmita: cuentan con los superpoderes de su padre. Serán felices y harán a muchos felices, seguro.

Hijo de Miguel Ángel y Mirentxu, el mayor de cuatro hermanos, Alberto nació en Pamplona el 11 de junio de 1967, el mismo día en que se inauguraba el órgano de la abadía de Leyre. Sanferminero empedernido, falleció el 3 de marzo, tercer peldaño de la escalera. Lo de Dorre le venía de su padre, ya fallecido, ‘inventor’ del Torneo del Jamón que se celebra todos los veranos desde hace 50 en el trinquete del Club de Tenis. Estudió EGB en la ikastola San Fermín. Después, hizo BUP en el Seminario y el grado básico de FP, especialidad de informática, en Cuatro Vientos. No fue un buen estudiante, pero a cambio el primero en casi todo lo demás: el primero que dio un beso a una chica, el primero que se echó novia, el primero que fumó y salió por la noche, el primero que corrió el encierro... ¡Cómo le envidiábamos los de Enériz! También, era un cinéfilo y lo sabía todo sobre la Segunda Guerra Mundial. Hasta el punto de que reunió una jugosa colección de revistas bélicas que aún anda por la casa materna de la calle Sangüesa. Y por las noches se dormía simulando ataques aéreos con amplia parafernalia onomatopéyica.

Pero, sobre todo, el Dorre era un echado para adelante. Al no ser admitido en Empresariales, en enero de 1991 decidió que se iba a Londres a aprender inglés. Se subió a un camión de mandarinas que conducía un amigo de su hermana Arantxa y se plantó en la capital británica con una mano delante y otra detrás. Allí, durante año y medio, compartió pisos y vivió de okupa. Fregó platos en un restaurante, fue pintor de brocha gorda y acabó trabajando para una empresa de rotulación. Pero cuando le ofrecieron un contrato fijo él prefirió volver a casa.

Es entonces, en 1993, cuando cursa Relaciones Laborales en la UPNA y, a renglón seguido, tras un breve periodo como repartidorde Correos, entra en el mundo Volkswagen. Primero, como operario en Borgers, donde sacó rédito al inglés y le hicieron pronto encargado. Después, en SIP Logistics, tras ficharlo Christoph Carnol al día siguiente de conocerse en una cena, dónde si no. Después, en 2012, se incorporó a Reybesa. Desde entonces, ha sido la ‘voz’ de la empresa de la familia Redín dentro de la planta de Landaben. Lo consideraban un hijo más.

El Dorre conoció en Patricia en 1997. “Me dio un vuelco al corazón. A este no lo suelto”, dice ella que pensó entonces. El suyo fue un noviazgo “fijo discontinuo. Acababan volviendo siempre. Tan de buen comer como cocinitas, le encantaba embutirse en la mandarra y preparar la cena de los amigos en Gazteluleku. “Siempre fue el más majo de todos los amigos”, confiesa una de nuestras mujeres, una que llegó al grupo cuando todavía este —tan a la navarra— miraba con recelo la llegada de cualquier intrusa.

Poli bueno en casa, cómplice de sus hijos frente al obligado rigor materno, lo único que les ha repetido a estos una y otra vez es que sean buenas personas. Los adoraba. Con los tres y con un pequeño crucifijo de plata, ha rezado mucho este último año. Pero nunca pedía por él sino por ellos, por Patricia, por los amigos… Y es que el Dorre ha vivido su enfermedad con entereza, incluso cuando en noviembre la cosa se puso ya definitivamente fea. El equipo médico se mondaba con cada aparición suya. Les llevaba pastas y chucherías para las sesiones de radio y quimioterapia, que concluía siempre con el signo de la victoria y el ‘We Are the Champions’, de Queen. En enero, cuando comprendió que ya le quedaba poco, Patricia y él se fueron a tomar un vino para celebrar la vida. Hizo acopio de sus escasas fuerzas y escribió: “Patricia, te quiero mucho. Eres mi bastón”. Ya no volvió a referirse al tema. Murió tranquilo en el hospital San Juan de Dios, rodeado de su familia y brindando como de costumbre: ¡Un blemble!

Lo mejor de todo es que, a los días de fallecer, los amigos recibimos un whatsapp. Decía: “Os escribo desde el cielo para agradeceros haberme hecho la vida más feliz y divertida. Quiero que vengáis el viernes a la capilla de San Fermín, donde habrá una misa. Luego, depositaréis mis cenizas en el columbario cerca del belga. Espero que me visitéis siempre que necesitéis ayuda. Os echaré un capote”. Sólo él podía hacer algo así. Invencible, único Dorre, nuestro Obélix, que andará ahora de parranda con Astérix. Lo dice bien Javier Velaza en ‘Salvavidas’, de su poemario ‘Los arrancados’: “Y si nada nos libra de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”. Eso nos deja nuestro amigo.

Cuando, a la mesa, Fefa se levantaba, alzaba el vaso y decía ¡un blem ble!, todos nos poníamos a la orden y respondíamos a coro: ¡un blem ble! No inventó ella ese brindis, pero como si lo hubiera hecho: nunca nadie en el mundo ha gritado ‘txirriaska‘ como Fefa. ‘Aska‘ significa en euskera abrevadero; ‘txirri‘, chorro. Txirriaska‘ ha sido durante medio siglo fuente por la que ha manado abundante amistad, y, a la vez, sumidero por el que desaguaban todas las diferencias. Acoger, no molestar. Santo y seña de Fefa.

Hay personas que nacen líderes. Están los de ordeno y mando; otros, en cambio, lideran a la chita callando. Son personas corazón. Ojillos chisposos, risa de dibujos animados, siempre organizando cosas: sobra decir que Fefa se encuadraba discretamente entre los segundos. Pero la cosa no acaba aquí. Va y Fefa fue a casarse con José Mari Goñi Unzué, perito agrícola que llegó a ser director del Servicio de Montes a pesar de ser perito, otro líder sin aspavientos. Y aún más: del matrimonio, nacieron uno detrás de otro Juan y Luis, los inefables Goñi, ¡menudos líderes!

María Josefa Iturralde Goñi nació el 24 de marzo de 1941 en el número 5 del Paseo de Sarasate, un edificio de Joaquín Zarranzinaugurado en 1935 como sede de la Caja de Ahorros Municipal que también incluía viviendas. Hija del baztanés de Zozaya Luis Iturralde Mina, abogado, y de Juana Goñi Goyena, salacenca deUscarrés, era la cuarta de cinco hermanos, y la única mujer. Le precedían José Ramón, ingeniero, ya fallecido; Joaquín, pelotari profesional; y Rafael, médico oftalmólogo. Le siguió Michel, también ingeniero.

Fefa estudió en el colegio de las Carmelitas, germen de una cuadrilla sin parangón que cristalizó en la huerta de Iturralde, en aquella Pamplona pequeña y pacata de mediados del siglo pasado. La huerta la había comprado el padre, Luis, en los últimos cincuenta. Se emplazaba en lo que hoy es Iturrama, junto al frontón de López. Contaba con una casita modesta y un pequeño frontón donde los hermanos Joaquín y Rafael se retaban en duelos pelotaris de alto voltaje. A Fefa, por cierto, la pelota no se le daba nada mal. Allí veraneaba la familia, por allí pasó gente de todo pelaje. Muy conocidos llegaron a ser sus guateques. Los organizaban los mayores. Fefa, tan casamentera, llevaba a sus amigas del colegio. Naturalmente, prendió más de una mecha. Con José Mari, que jugaba en Oberena y no era de Maristas sino dell Instituto Ximénez de Rada, la mecha prendió en alguna fiesta del hotel Valerio (hoy, Avenida). Se casaron en 1965 en la capilla Barbazana de la catedral y marcharon a Abejeras, cerca de la huerta de Iturralde…

El desarrollo urbanístico condenaría a aquella finquita, que acabó vendiéndose en los setenta. Pero Fefa y José Mari se empeñaron en dar carrete a su legado. En 1973, junto a los inseparables Santi Sancena, Pilar Arpide, Javier Olaso y Juana Ciganda, compraron un pedazo de tierra en Enériz a otro amigo, Pablo Díaz del Río, que tenía casa palacio en el pueblo. Esos 7.000 m2 asilvestrados han sido desde entonces espacio abierto y ejemplo de respeto y convivencia. Sofás desvencijados, mesas sin calzar, platos y vasos de aluviónTodo servía en ese auzolán espontáneo donde no había que pedir permiso porque sobraba confianza. Enériz es un experimento irrepetible que culminaba en paella cada 15 de agosto. A los mandos, Fefa, que se encargó de que nadie se sintiera ajeno.

Cuando en los ochenta el alzheimer se fue apoderando deJuanita, los Goñi-Iturralde regresaron al Paseo de Sarasate. Durante una década, Fefa se entregó al cuidado de su madre. La vocación le venía de lejos (había cursado estudios no reglados de enfermería en Cruz Roja) y la prolongó después en la Casa de Misericordia, donde hizo compañía a ancianos internos tantas tardes, y en la Asociación de Familiares de Personas con Alzheimer de Navarra, que promovió en 1990.

Siete veces abuela, alegre y esperanzada, y con una fe que movía montañas, Fefa falleció el mismo día en el que la APD y Diario de Navarra entregaban a su hijo Juan, director general de Cinfa, el premio al directivo del año. Ese día, a su pesar, sí fue un poco protagonista.

Cuando uno se para a contar las bajas de esta generación inolvidable, la de Enériz, a las que ahora se suma Fefa, resulta difícil no estremecerse: Jose Sanciñena, Fernando Maíz, Julio Oteiza, Javier y Maite Olaso, Miguel Ángel Dorremochea (y su hijo Alberto), Esteban Solano, Pablo Díaz del Río, Mari Carmen Arístegui, Miguel Ángel y Javier Errea, Juana Ciganda, Mari Luz García. Nos tranquiliza, al menos, saber que el blem-ble de Fefa ysu txirriaska nos van a acompañar el resto de nuestras vidas.

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Comida el 1 de noviembre en Napardi

Napardi ha estado cerrado varias semanas. Se reabre el día 1, festividad de Todos los Santos, a tres días de San Carlos Borromeo, "el santo más importante de la cristiandad", para que los apigos vuelvan a juntarse y tardear. ¡Desde San Fermín no nos juntábamos! Bogavantes cortesía del chef Chusmi.

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"Un día más en la oficina", dijo Dado. Y se subió a un avión. En Alemania. Y no a cualquier avión: según Diego, era un F104 Widowmaker.

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Le pedimos que escribiera una hagiografía de San Carlos Borromeo, "el santo más grande de la cristiandad", pero declinó por falta de tiempo. El arzobispo, el taller de psicomotricidad y el de prevención del alzheimer copan su envidiada jornada de jubilado.

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